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sábado, 1 de febrero de 2020

Coronavirus: evidencias y eminencias

En las últimas horas hemos tenido la oportunidad de ver como un eminente (de eminencia) cirujano utilizaba el argumento de autoridad (su conocimiento de la situación en China porque tiene dos hijas adoptadas y el hecho de ser un conocido, y bien valorado, cirujano) para ilustrarnos acerca de la situación del coronavirus en el mundo (mundial, por supuesto), en lo que podríamos considerar un ejemplo de medicina basada en la "eminencia".

Al margen de que se pueda considerar que las autoridades chinas no han sido todo lo diligentes y transparentes que la situación requería en el comienzo de este nuevo caso de situación epidémica, es necesario recapitular, a raíz de esta, llamémosle, anécdota mediática, sobre la conveniencia de que la información fluya por los canales adecuados, de manera oportuna y apropiada y adaptada, porque la desconfianza es fácil de instalar y, a continuación viene la alarma y el miedo, algo que sí que es realmente contagioso.

Ayer también se recordaba en la prensa especializada, con declaraciones de José Martínez Olmos, que en la gestión de la pandemia de gripe de 2009 fue posible realizar una comunicación adecuada en una situación de crisis. Una de las cosas que se recordaba en ese artículo es que uno de los errores que se cometen con cierta frecuencia en las crisis sanitarias es que quien habla no sea un experto en la materia, matizando que existe un espacio para que hablen los responsables políticos y otro para los expertos. Y también se decía que otro error es que, a veces, se recurre más a preguntar a clínicos que a epidemiólogos, y es necesario saber que cada cual tiene un ámbito que domina y en el que se puede recurrir a su experiencia. No todos los médicos pueden saber de todo, por muy eminencia que sean en su campo. Y, es necesario recordar también que, en algunos casos, personas que no son médicos o médicas pueden ser expertas en la gestión de determinados aspectos de una crisis sanitaria.

Cuando en 2014 la situación creada por la enfermedad del virus ébola en África occidental generó una desconfianza tal en España que el hashtag #vamosamorirtodos sí que se hizo viral, ya tuvimos ocasión de escribir la entrada "Los mensajes en los tiempos del Ébola" y posteriormente, apenas un mes después, otra titulada "¿Os acordáis del Ébola?". En aquella ocasión, en solo 4 semanas, pasamos de "morirnos todos" a no acordarnos de que existía. Y tan lejos como el pasado mes de septiembre, volvíamos a escribir una entrada ("Comunicación en las crisis de salud pública: lecciones veraniegas") para poner de manifiesto la importancia de la comunicación en estas situaciones que, en ese caso, vino motivada por la crisis de la listeria.

Generar desconfianza, por bien intencionado que se sea (presuponiendo que exista esa buena intención en el mejor de los casos), solo puede causar confusión y hacer crecer los bulos (consultad los bulos que Maldita.es ha ido recogiendo, y rebatiendo, sobre la situación actual con el coronavirus) que en esta época de "fake news" se multiplican con rapidez ya que hay personas predispuestas a difundirlos sin corroborar su veracidad.

Hay una importante responsabilidad de las autoridades sanitarias para sacar adelante de manera adecuada, y con beneficio para la población, cualquier situación epidémica que pueda devenir en crisis, pero también existe esa responsabilidad en cualquier profesional de la salud en, al menos, no empeorarla, y en los medios de comunicación o en los divulgadores y comunicadores científicos para no caer en el espectáculo frente a la información seria, rigurosa y contrastada.

Por cierto, para quienes quieran seguir la información más reciente, la cuenta de Twitter @SaludPublicaES está manteniendo una actualización frecuente de las noticias contrastadas sobre el coronavirus y ha llegado a un acuerdo con Twitter para aparecer en las búsquedas que se realicen al respecto. Es un paso en la buena dirección. Menos medicina basada en la eminencia y más salud pública basada en la evidencia.




domingo, 1 de septiembre de 2019

Comunicación en las crisis de salud pública: lecciones veraniegas

Este verano será recordado, entre otras cosas, por ser el de la Listeria. Algo de lo que muchas personas no habían ni oído hablar hasta ahora y que, de pronto ha saltado a la conversación coloquial y, lo que es peor, a los bulos y rumores sin contrastar.

Y no, no vamos a hablar aquí de lo que es este microorganismo, ni de cómo ha evolucionado el brote, ni de su origen (información que se puede encontrar en la Agencia Española de Seguridad Alimentaria y Nutrición, AESAN o en el Centro de Coordinación de Alertas y Emergencias Sanitarias, CCAES, del Ministerio de Sanidad, Consumo y Bienestar Social)  ¿Y entonces, de qué se va a hablar? Pues de la comunicación y de cómo se traslada lo que se sabe, y lo que no, a la población y a los medios.

Tenemos ya en la historia "reciente" de este país una amplia experiencia en tratar situaciones de crisis en salud pública, y podemos empezar, por no irnos más atrás, por el síndrome tóxico (el aceite de colza), que fue uno de los ejemplos de mala comunicación por parte de las autoridades sanitarias (¿recuerda alguien lo del "bichito que si se cae de la mesa se mata" y el "problema importante, pero no grave"?). Y podríamos seguir por algunas otras crisis, o no tan crisis, pero en su aspecto comunicativo pueden seguirse a través de los sucesivos Informes Quiral. Y si algo hemos aprendido, es que tenemos suficiente capacidad técnica para hacer frente a estas crisis y que se había empezado a tener suficiente capacidad de comunicación de las mismas, algo que se aprendió (a trompazos) con motivo de la crisis del Ébola en 2014.

Una de esas cosas aprendidas es la decisión de quién informa, para lo que se necesita que sea una persona que tenga conocimientos técnicos suficientes ("expertisse") y autoridad. Ahora, en el caso de la Listeria, se focalizó en un médico de la Unidad de Enfermedades Infecciosas del Hospital Virgen del Rocío de Sevilla, y la experiencia en el tratamiento de estas enfermedades la posee y contrastada, pero ha generado algunas controversias (ser un médico clínico y de hospital y no de la red de vigilancia epidemiológica, la discusión que se ha suscitado al hilo de las especialidades médicas). En cualquier caso su labor comunicadora puede considerarse acertada. Pero ya ha comenzado el discurso a otro nivel, y en ella se han implicado los responsables no técnicos y ahí la comunicación ya está empezando a desbarrar (mejor no hablamos del "nuevo relato en el combate de la listeria en España y en el mundo"). Eso, seguimos sin haberlo aprendido bien, porque se traslada incluso a crisis institucionales de competencias y, por supuesto, al ámbito del rifi-rafe político. Hay que recordar que ya en el informe Quiral de 2014 se decía que: "De la misma forma, quien ostenta un cargo de autoridad (Consejería, Ministerio o incluso Presidente del Gobierno, según la gravedad del caso), si no sabe dar respuestas expertas lo que genera es desconfianza y alarma".

Y sin finalizar el mes de agosto, saltaba una nueva alerta, esta por intoxicación alimentaria por toxina botulínica asociada al consumo de conserva de atún en aceite de girasol. La información de la AESAN hacía referencia a 4 afectados con consumo el día 9 de agosto y con confirmación de la presencia de la toxina el día 29 de agosto. La empresa de supermercados DIA, comercializadora del producto, retiró el producto de la comercialización el día 10 de agosto (según informa un comunicado de esta empresa). Y la conservera Frinsa, fabricante de la conserva, en su comunicado, indica que sólo ha afectado a una única lata, de un único lote y que los análisis del resto del lote han resultado satisfactorios.

Esta alerta no ha alcanzado la categoría de crisis, pero también permite algunas consideraciones, de las que se puede seguir aprendiendo. Ha resultado curioso como, por ejemplo, en algunos medios se ha denominado "botox" al causante de la contaminación, aunque luego se ha rectificado (siendo cierto que el botox es toxina botulínica, no es apropiado denominarla así en este caso). Un usuario de Twitter, @CharlieTorres, informaba de que la lata afectada es de 900 gr, pero en las noticias aparecían imágenes de latas mucho más pequeñas y además indica que le ha parecido que las informaciones de los medios eran excesivamente alarmistas.

La conclusión, después de este "agitado" mes de agosto (y eso que no hemos hablado de la crisis del minoxidil-omeprazol), es que todavía nos queda para avanzar en la comunicación de las crisis sanitarias y de salud pública y que se sigue requiriendo trabajar este aspecto y resaltar la importancia del mismo. Las crisis no aparecen todos los días, afortunadamente, pero siempre habrá alguna en el horizonte y los responsables políticos, por muy sanitarios que sean, deberían conocer esto, que todavía no se estudia de manera reglada en los curricula académicos (salvo excepciones). Y se debería trabajar más en contacto con los medios de comunicación, teniendo preparada, por parte de los técnicos de vigilancia, los que trabajan de verdad y bien esforzadamente en cada crisis, una información simple pero adecuada para poder facilitar rápidamente a los medios.

Terminamos con las diez premisas básicas acerca de la comunicación en una crisis, según Mónica Niño Romero, en su página Comunicación Activa
  1. Debe ser un portavoz autorizado.
  2. Debe haber una sola fuente oficial.
  3. Así nos adelantamos a otros testigos o fuentes secundarias.
  4. Escuchar y pensar antes de declarar.
  5. Responder siempre, no decir ‘sin comentarios’.
  6. No ver a los periodistas como enemigos, sino como aliados.
  7. Periodicidad, regularidad y cumplimiento de plazos a la hora de informar.
  8. Preservar la intimidad de las víctimas de lo ocurrido.
  9. Humanizar el incidente y sus consecuencias.
  10. Transmitir serenidad y seriedad con calma y con una voz tranquila.

domingo, 17 de febrero de 2019

Leche cruda o "cagando leches"

Empezamos con el agua cruda y seguimos con la leche cruda. Ya advertíamos hace un año, en "Lo tienen crudo con el agua", de los peligros de esta "crudeza", en aquel caso con el agua.

Ahora estamos viendo ya los efectos con la leche. Las noticias de prensa nos hablan de tres episodios que han requerido asistencia médica en Estados Unidos ("Primeros afectados por beber leche cruda"), y estos son los conocidos, pues las autoridades sanitarias estadounidenses están buscando afectados por medio país ("EEUU busca enfermos por tomar leche cruda en 19 Estados").

Aún recuerdo, en mi infancia, la venta de leche a granel, en cántaras metálicas, por las casas (y no hablo de un pequeño pueblo, sino de ciudades), y cómo se hervía la leche antes de consumirla. No recuerdo, aunque lo he sabido después en mi ejercicio profesional, las cifras de afectados que había en nuestro país, en aquella época, de brucelosis por consumo de estos lacteos y por otros productos, que eran descarnadamente "crudos". Y sé cómo fueron cayendo, desde las que eran las cifras más altas de incidencia y prevalencia de esta enfermedad de todos los países europeos en los años sesenta del siglo pasado, hasta llegar a las cifras actuales, en las que la brucelosis es una enfermedad poco frecuente. Y básicamente eso fue porque se abandonó la "crudeza".

Es cierto que en España está prohibida la venta directa de leche cruda, pero eso no quiere decir que no se pueda vender leche cruda (si queréis saber más sobre este aspecto es recomendable leer: "Todo lo que deberías saber sobre la leche cruda", en el blog "Gominolas de petroleo"). Así que se impone seguir advirtiendo contra estas prácticas.

En fin, el idioma español en una de sus muchas expresiones populares, de imposible traducción a otros idiomas, ya nos ofrece eso de "cagando leches". Pues parece que esta debe ser una de sus acepciones.

Imagen de la portada del libro "Cagando leches"

de Héloïse Guerrier y David Sánchez


 

viernes, 5 de enero de 2018

Lo tienen crudo con el agua

¿Te apetece un trago de agua turbia? Seguro que nadie en su sano juicio contestaría que sí. Y sin embargo, "The New York Times" en su artículo titulado "Unfiltered fervor": the rush to get off the water grid" nos indica que una moda está comenzando en Estados Unidos: la de beber agua sin tratar. Lo que se ha traducido como "agua cruda". Javier Jiménez en Xataka se hacía también eco de ello.

El argumento que apoya esta moda es el de lo "natural". Y ahí, es cierto, tienen razón: el agua sin tratar puede ser natural. Lo malo es que también puede ser peligrosa. Suele hablarse de las vacunas como la intervención salubrista que más impacto ha tenido sobre la salud y, a menudo, se nos olvida el muy favorable impacto que ha tenido la introducción de la potabilización del agua. Algo que se intentó desde la antigüedad (ya los griegos y los romanos utilizaban embalses de aireación para la purificación del agua), pero no fue hasta el siglo XIX en 1804 que en Escocia, en Paisley, se organiza la primera planta de tratamiento abasteciendo a una ciudad. Y en 1893, en Holanda, en la ciudad de Ousbaden se monta una planta de tratamiento de agua con Ozono. Unos años después, en 1904, en Jersey City, Estados Unidos, se utiliza el cloro para la desinfección del agua en el abastecimiento de una ciudad. Y hasta hoy.

Si se quiere ver cómo evolucionó la mortalidad por enfermedades infecciosas en Estados Unidos desde 1900 a 1999 puede consultarse la publicación de los Centers for Diseases Control (CDC) titulada "Achievements in Public Health, 1900-1999: Control of Infectious Diseases". Id, por favor, a la figura 1 y veréis lo que pasó después de la introducción del Cloro como desinfectante del agua de los abastecimientos públicos. En ese artículo se dice literalmente: "En 1900, sin embargo, la incidencia de muchas de estas enfermedades [cólera, disentería, tuberculosis, fiebre tifoidea, gripe, fiebre amarilla, y malaria] había empezado a declinar debido a las mejoras de salud pública, la implementación de las cuales continuó en el siglo XX. Los esfuerzos locales, estatales y federales para mejorar la higiene reforzaron el concepto de acción de "salud pública" colectiva (por ejemplo prevenir la infección proporcionando agua de bebida limpia)".

A quienes se dedican a la epidemiología no es preciso recordarles por qué es conocido John Snow (a quien hemos dedicado alguna entrada aquí). Pero, por si acaso, ahí van unas pistas: cólera, fuente de agua, Londres.

¿Queremos volver al siglo XVIII? ¡Y encima a unos precios desobirtados! El agua cruda podía conseguirse por 2,50 $ por galón hace tres años (0,66 $ por litro). Y ahora se compra a 36,99 $ por 2,5 galones (3,9 $ por litro). Hay bebidas mucho más elaboradas que no cuestan tan caras. Y que, desde luego, no son tan peligrosas.

¿Te apetece un traguito? ¿Lo tienes crudo o lo tienes claro?

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